31 de julio de 2020

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Los efectos a largo plazo de la crisis del coronavirus 1.ª parte
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Nicholas Flaherty - Investment Strategist - FWU Invest S.A.

Toda crisis económica deja huella y la actual seguramente no va a ser la excepción.
Evidentemente estamos todavía en medio de la crisis y en los próximos meses habrá una gran incertidumbre, no obstante, parece lógico reflexionar con cierta perspectiva sobre cómo será el mundo cuando pase la tormenta. Como inversores, esto puede ayudarnos, por otra parte, a estar bien preparados para afrontar la nueva situación mundial y los retos de inversión que presenta.

¿Cómo va a afectar la crisis a nuestras economías?

La crisis tiene infinidad de consecuencias, desde las macroeconómicas en general hasta los resultados de sectores y empresas en particular. Para simplificar las cosas, hoy nos vamos a centrar en uno de los cambios económicos más obvios y de mayor impacto: el enorme incremento de la deuda pública.

Efectivamente, la crisis del coronavirus nos está llevando muy deprisa a una situación en la que la deuda pública es considerablemente superior. Antes de la crisis, la deuda pública ya era alta en muchos países, pero ahora es todavía mayor. En los Estados Unidos, por ejemplo, la deuda pública con respecto al PIB es ahora de más del 130 %, frente al 60 % de antes de la crisis de 2008. Estos mismos cambios también se observan en Europa.

Para reducir la deuda hay tres opciones posibles: el impago, la austeridad o la inflación. El impago queda prácticamente descartado; sería demasiado problemático y terminaría causando más mal que bien. La austeridad, por otra parte, ha pasado de moda en gran medida: los gobiernos, a diferencia de lo que ocurrió en la última crisis, no quieren ahorrar dinero, más bien lo contrario, especialmente si se tiene en cuenta el auge de los movimientos populistas.

Al final, nos queda la inflación. Se trata de una forma de controlar la deuda cuya eficacia ya ha sido probada y que se ha utilizado históricamente después de las guerras. Su funcionamiento consiste básicamente en mantener los tipos de interés muy bajos durante un largo periodo para que la inflación sea bastante más alta que el tipo de interés predominante. De esta forma, la deuda se puede "desinflar" sin tener que recurrir a la austeridad ni al impago.

Puesto que hay grandes probabilidades de encontrarnos en esta situación, debemos prepararnos para que los tipos de interés sean muy bajos, hasta donde podemos prever. En igualdad de condiciones, esto es bueno para los mercados bursátiles, especialmente para los valores de crecimiento rápido que se benefician en gran medida de los tipos de interés bajos, pero tiene claros efectos secundarios negativos en algunos ámbitos.

El más evidente es el sector bancario. Un sector ya azotado por márgenes de intereses netos más bajos y una mayor supervisión reglamentaria pero que ahora, con los tipos de interés bajos prácticamente "bloqueados" en un futuro próximo, va a ver cómo se acentúa la presión estructural sobre él. Desde nuestra perspectiva esto significa que, aunque vayamos a invertir intermitentemente en bancos en los próximos años, puesto que experimentarán subidas a corto plazo, estamos preparándonos para que la asignación para bancos en los años venideros sea estructuralmente inferior.

En resumen, la deuda pública tiene que pagarse de alguna manera.

La opción más probable es que se pague manteniendo los tipos de interés extremadamente bajos y dejando que la inflación suba. Esto no tiene por qué ser necesariamente malo para el mercado bursátil pero sí lo será para una gran parte del sector financiero.

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